Papá lleva vestido

Cuando eres pequeño hay muchas cosas que no entiendes, y yo en ese entonces era incapaz de entender por qué papá llevaba vestido. Mi padre actuaba como mamá, solía cocinar, llevar vestidos, incluso a veces se maquillaba y cuando eres un niño no tienes capacidad suficiente para comprender una situación así, por eso, poco a poco lo empecé a odiar.

Me sentía avergonzado cada vez que venía a recogerme en el colegio, sentía miles de manos señalándonos, las risas burlonas que se formulaban me hacían sentir realmente enfurecido porque el causante de todo esto era el hombre que estaba a mi lado, cogiéndome la mano y al que yo le llamaba papá. Mis compañeros de clase siempre evitaban estar conmigo, porque sus padres les habían dicho que se enfermarían si estaban a mi lado, ya que según ellos mi papá estaba muy enfermo, que no estaba bien de la cabeza y por eso era marica. Yo no comprendía el significado de esa extraña palabra pero decían que en un futuro yo también sería como él y mejor prevenir que curar, porque eso se podría contagiar y alejarse de lo peligroso era lo más correcto.

A causa de esto día tras día empecé a molestarme más por su forma de ser, pensaba que los padres de mis compañeros tenían toda la razón y así fue como llegué a odiarlo hasta el punto de querer su muerte.

Yo odiaba con toda el alma la sonrisa que aparecía en su rostro cada vez que el carmín del pintalabios cubría su boca, odiaba las revistas que leía y todo aquello que compraba en Internet, que consistía en prendas y más prendas femeninas, también odiaba la felicidad que emitía las numerosas veces que se probaba los vestidos recién llegados, siempre veía como sus ojos se iluminaban y pasaba horas delante el espejo mirándose, contemplando como la tela se pegaba a su cuerpo como si de una segunda piel se tratara.

¿Qué tan cruel puede llegar a ser la sociedad? ¿Qué tanto pueden llegar a afectar los prototipos?

Papá recibió el acoso de la multitud de personas que lo rodeaban, las burlas caían por doquier, fuésemos donde fuésemos los susurros retumbaban por las paredes y las miradas hablaban de por sí. Su rutina diaria consistía en oír todos aquellos insultos y hacer oídos sordos, ignorarlos completamente. ¿Parece fácil? No, la verdad. A pesar de todo, él siempre me veía con una gran sonrisa en su rostro, no sabría decir si verdadera o no, pero delante mío solo procuraba parecer la persona más feliz del mundo, sin importar las penas que llevara a sus espaldas, el sufrimiento, el dolor, todo se lo guarda para sí mismo, en lo más profundo del silencio. Hasta que de un día para otro, su alma ya no habitaba este mundo.

Un 23 de abril, una gota que colmó el vaso, harto de todo, una carta de despedida, un rastro de sangre, una cuchilla en su mano, un cuerpo sin vida, un cumpleaños olvidado y un corazón destrozado.

No puedo evitar sentirme culpable del hecho, incluso hoy en día siento como la culpa me va consumiendo poco a poco, por eso, he decidido compartir esto con vosotros, para dar constancia de lo que puede hacer el acoso, la incomprensión y la soledad.

Papá no tuvo la culpa de nacer en un cuerpo erróneo, papá no tuvo la culpa de sentirse mujer, papá no tuvo la culpa de que los demás lo acosaran y papá no tuvo la culpa de escaparse, del mundo de los vivos, el cual es peor que el mismísimo infierno.

Mònica Ye