Tiempo

Madre se casó con Tiempo hace ya muchos años,  justo después del funeral del amigo y amante de ambos, Sueños. Rápidamente tuvieron descendencia, pero como era de esperar, Tiempo se comió a sus hijos (sin embargo condenó a sus hijas a vivir). Madre parió cuatro niñas: Belleza, Amor Incondicional, Soledad, y la menor de todas, Mujer. Las tres mayores cuidaban a Mujer, la más vulnerable y enfermiza, hasta que ésta creció y fingió no necesitarlas. Mujer conoció a Hombre -y se enamoró- al tiempo que éste entablaba amistad con una atractiva recién llegada a la que llamaban Droga. Este triángulo amoroso pronto se convirtió en una espiral en la que Belleza, amante ocasional de los tres, cayó y nunca más nadie volvió a saber de ella (hay vecinos que afirman que Belleza habría muerto poco tiempo después de todos modos a manos de Tiempo). Amor Incondicional, en su afán por proteger a Mujer, golpeó sin querer a Madre en la cabeza en una pelea. Madre jamás se recuperó y su cerebro restó aturdido por siempre más. El trío terrible con el tiempo se pudrió. Mujer echó a Droga pero Hombre no. Él siempre la miraba a sus ojos de un azul polar hasta que finalmente un día se atrevió a suplicarle “por favor, vete ya”. Y Mujer huyó a casa en una carrera infernal por mantener su cabeza lejos de Hombre y de su amiga letal. Se atragantó con las cenizas de lo que una vez fue un fuego que una vez fue su corazón y, en un llanto que sonaba como una canción con aspiraciones de balada, descolgó el teléfono y marcó el número de su amor. Droga respondió al otro lado del aparato por él y con voz de niño asustado susurró “nunca más”. Soledad acogió a su hermana y le cantó mil nanas tristes para escapar del mundo de maldad que la perseguía y no la dejaba descansar; y con los ojos medio abiertos se quiso levantar pero con los ojos ya medio cerrados se confesó humana y se tuvo que matar. Hombre al darse cuenta del suicidio de su mitad tuvo el dilema de refugiarse en Droga o de dejarla marchar, escogiendo la primera y dejándose matar. Tiempo, ya furioso, lo dejó sin respiración enseñándonos a todos lo que nunca debemos hacer: creernos por encima de él.

Cèlia Codina Bach